La sola mención de la palabra bisexualidad provoca cierta
incomodidad y desconcierto. Una opción casi invisible que
la mayoría confunde o suma a la homosexualidad, sale a la
luz (en sutiles y no tan sutiles destellos) en el seno de nuestra
sociedad: en las parejas que se reúnen en algún departamento
a practicar sexo grupal, en los hombres casados que recogen travestis
y prostitutos en alguna esquina y en esos jóvenes, pálidos
y vestidos de negro, que bailan (y se aman) al ritmo de la música
gótica en alguna discoteca de la ciudad.
“Yo no
me enamoro de hombres o de mujeres, sino que de personas”,
confiesa Antonia, de 19 años, sentada en un banco del Parque
Forestal. Asume relajadamente su orientación sexual enunciada
casi como un principio de vida, dejando perplejo (y asustado) a
más de alguien, porque la bisexualidad –esto de tener
sexo con hombres o mujeres- desordena por completo el cómodo
esquema mental en el que culturalmente hemos vivido.
Desde el inicio
de su adolescencia, esta estudiante de diseño comenzó
a darse cuenta de que junto con gustarle uno que otro compañero
de curso, se sentía peligrosamente atraída por una
amiga. Años de confusiones y culpas alimentados por el rígido
discurso moral del pensamiento hegemónico, dieron paso a
una paulatina aceptación a que lo suyo no es la opción
de la mayoría.
Sería simplemente iluso (e injusto) pensar que la bisexualidad
no existe o que se restringe a una práctica aberrante y aislada.
Como cualquier otro fenómeno humano (sexual o no) existe
entre nosotros desde que hombres y mujeres habitan este planeta.
Pero, tras permanecer ocultos bajo capas de conservadurismo, ciertos
hechos anónimos o negados pasan hoy a ser parte del discurso
público poniendo de manifiesto una realidad que (a pesar
de muchos) poco a poco se va integrando a la cotidianeidad, aunque
a partir de grupos muy cerrados y que no reconocen, como otras "minorías",
demasiadas marcas de pertenencia. Los swingers, actualmente tan
de moda gracias a notas de prensa y hasta obras de teatro, son una
de las aristas de esta opción. Estas parejas generalmente
compuestas por profesionales jóvenes y de estrato medio-alto
que buscan el intercambio sexual (pudiendo o no incluir entre sus
prácticas el sexo entre personas del mismo género)
han realizado un “pequeño blanqueo” de una opción
estigmatizada como perversa y promiscua.
Las primeras referencias que la opinión pública tuvo
de la bisexualidad, a principios de esta década, estuvieron
relacionadas, como apunta Pía Rajevic en El lirbo abierto
del amor y el sexo en Chile, con la irrupción de la prostitución
masculina y de los travestis. El hecho de que la mayoría
de sus clientes fueran hombres casados ha circunscrito el fenómeno
al problema de la doble moral y el posible castigo social para hombres
que no asumen públicamente su homosexualidad. Si es algo
tan moderno
Un sábado
cualquiera un grupo de adolescentes se dirige a bailar a una discoteca.
Vestidos de negro y con el rostro muy pálido o siguiendo
el estilo brit pop estos chicos o ¿chicas? cultivan un look
andrógino que muchas veces no deja distinguir su sexo.
Al interior
de la discoteca bailan en parejas, solos o en grupo. De repente
alguien se besa, y pese a la oscuridad queda claro que son dos muchachas
las que se acarician. Más allá, un hombre y una mujer
juntan sus labios y en un rincón, un par de chicos tomados
de la mano miran la pista de baile.
“Me resulta
super cómodo estar en lugares como la Blondie y el Bal le
Duc, si me gusta una mina, me resulta con ella y atino, super bien.
Si pasa lo mismo con un hombre, igual bien, y nadie te va a mirar
raro”, cuenta Benito, 28 años. Reconociéndose
bisexual, este ejecutivo bancario se confiesa también asiduo
asistente, junto a su grupo de amigos -“y todos ellos heterosexuales”-,
de estos lugares, tanto por la tolerancia que se respira como por
la música que se escucha.
Con la apertura de estos espacios orientados principalmente a la
música inglesa alternativa de los 80 y 90 se dio paso, poco
a poco, a un estilo que conjuga toda una estética, que incluye
música signada como new wave, gótica, dark con prácticas
bisexuales.
“Hay gente
que lo toma como moda. Tú ves a mucho niñito que no
sabe dónde está parado pero atina con su amigo porque
es cool. Hay mucho de pose, pero no lo descalifico tampoco, encuentra
igual válidas esas actitudes”, relata Benito. La estética
andrógina de bandas como Suede, Placebo, Pulp, herederos
a su vez de la escuela musical (y por lo que se ve también
sexual) de gente como Morrisey, David Bowie y Lou Reed, pareciera
influir sustancialmente en estos grupos.
Para Antonia, visitante asidua de estas discotecas, hay mucho de
pose en gran parte de estos jóvenes: “La gente va a
‘lolear’ con esta postura, donde todo es super cool,
liberal y euro. Tampoco lo veo como algo terriblemente malo porque
creo que el espacio se está abriendo a otras posibilidades
que son igual de válidas, pero también es cierto que
el típico niñito que se mete en eso tiene problemas
familiares, se definen como en contra de la sociedad, inconscientemente
lo toman como una forma de protesta”.
-¿No
te molesta tener que relacionarte con gente que adopta la bisexualidad
como pose? -No, porque esa gente igual al actuar así está
entregando algo, el problema de estas actitudes es que se disfrazan
mucho los verdaderos sentimientos y eso me molesta, pero como me
molesta igual ver una relación heterosexual en que la mina
sólo está con un tipo por no estar sola o lo gorrea.
Me molestan los disfraces, las máscaras, que se dan en todas
partes.
Más radical
en sus juicios sobre estos espacios y esta ¿moda? es Laura,
23 años y publicista: “Todo esto lo ligo tanto a esto
de ser alternativo, que hay que ser diferente a toda costa cuando
en realidad ya no haces ninguna diferencia al ser homo o bisexual.
Pero hay gente que encuentra que eso le da alguna identidad, cierto
status. Eres cool y no eres como el resto. Yo no creo que ser bisexual
tenga que ver con ser alternativa o diferente, yo no tengo que ir
a la Blondie para ser bisexual, es una cuestión que se da
en mi vida y en mis relaciones, no tiene que ver con ninguna moda.
De hecho mi estilo de vida y mi discurso es super conservador en
otros aspectos”. Educada en un colegio religioso del barrio
alto, Laura no ha hecho conocida su opción sexual ni siquiera
a su gente más cercana, teniendo que suscribir esta parte
de su vida a un estrecho círculo.
La ausencia
de parámetros desde donde crear una identidad a partir de
una opción sexual que no excluye ni a hombres ni mujeres,
opción que va absolutamente en contra de la mentalidad binaria
occidental construida a partir de oposiciones (bueno/malo, negro/blanco,
mujer/hombre, heterosexualida/homosexualidad), así como la
imposibilidad de expresarse y asumirse como bisexual en una sociedad
tan discriminadora y conservadora como la chilena, lleva a estos
grupos (que obviamente no son ni representan a toda la población
bisexual nacional) a reunirse alrededor de estos espacios y tener
su propia estética e íconos sociales (en este caso
musicales).
“Yo creo
que la sociedad chilena todavía es super trancada –opina
Laura-. Por ejemplo, yo no le cuento de esto a todas mis amigas,
no porque me dé plancha, lo hago porque no quiero perder
gente. Yo soy super amistosa, tengo muy buenas amigas y no confundo
las cosas, pero lamentablemente la gente es tan inculta que creen
que cuando alguien es homo o bisexual puede confundir las cosas,
y no pasa eso cuando eres hétero. Sé que tengo amigas
que se pasarían el rollo que quiero tirar con ellas, pero
yo tengo mis hueás reclaras. El resto de la gente, no”.
Benito se considera
afortunado ya que ha podido compartir su “secreto” con
su círculo de amigos, quienes lo han aceptado sin mayores
problemas. Aunque a nivel familiar y laboral, su opción sexual
es absolutamente desconocida: “En la sociedad chilena simplemente
la bisexualidad no existe. O eres homo o eres hétero, no
puede haber un término medio. Para la sociedad, el bisexual
es un degenerado, hay gente que lo ve como algo sucio. Es increíble
que exista entre los mismos homosexuales un prejuicio con las personas
bisexuales. En el fondo, nadie sabe lo que tú sientes, todos
sentimos diferente, nadie es capaz de ponerse en el lugar del otro”,
sentencia.
Más arriesgada
es la posición que ha asumido Antonia: aunque parte de su
familia, así como su círculo estudiantil, no saben
de su opción, no pretende ocultar sus afectos ni reprimirse
llegado el momento: “Socialmente no me incomoda querer una
mujer. No me considero menos que el resto para ocultar un sentimiento
que es tan válido y tan bonito. Yo no lo veo con morbo, no
atino en público con una mina para escandalizar a la gente,
si me quieren mirar, me da lo mismo porque yo estoy entregando amor
con mi gesto y el resto chao. Ponerme en la postura que la sociedad
va a condenar lo que siento sería cobarde de mi parte, sería
sentirme menos que el resto y no lo soy”.
Antonia sabe
que no podría haber mantenido esta misma actitud hace 20
años atrás y ve una mayor apertura en ciertos lugares
y grupos de gente.
-Pero muchos
de estos lugares y grupos de gente existen como ghettos, ¿crees
que el discurso social actual está aceptando realmente las
diversidades sexuales? -No, no creo, pero ya no desconocen que existen
y eso es harto para un país como este. Es un paso, sabiendo
que existen ya no dicen ‘no, no pasa nada’, claro que
no todas aceptan y pueden juzgar de cualquier forma, pero ya saben
que todo esto existe y eso ya es importante.
Soledad Ortega >>>
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